Las persianas vanamente luchaban con los rayos que me despertaron
esta mañana, en la que él, Marcelo, se vestía a mis espaldas sin dejar
de mirarme, y mi cabeza se apoyaba todavía en el colchón –las
almohadas me resultan tan incómodas si no duermo de ladito–. Estaba
tan a gusto que me fue imposible levantarme. Haciendo un esfuerzo
sobrehumano estiré mi brazo que, como todas las cosas por las mañanas,
me cuesta tanto; y cogí el libro que había empezado a leer la noche
anterior, después de que Marcelo y yo lo ‘‘hiciéramos’’ por cuarta
vez. Pasó el tiempo mientras se desarrollaban las divertidas escenas
de la que era espectadora y, acariciada por el silencio, volví a caer
seducida por prometedores Oniros.
Algunas horas después, volví a despertar. Y esta vez, aunque parezca
fantástico, las persianas ganaba la escaramuza contra la luz, en el
aire. Ese cuadro me hizo recordar algunos textos medievales sobre la
luz, en fin.
Llamé a Marcelo.
- Dime, Sandra.
- Hola Marci, ¿vendrás hoy a mi casa?
- No… bueno… Acabo de llegar a la mía, estoy cansado y aún me
quedan cosas por hacer.
- Está bien. Entiendo. Adiós.
Así, lacónicos. Si hay algo en mi mente, es inefable, creo.
El hambre de invierno arrastró mi cuerpo hasta la cocina, hasta la
también hambrienta cocina. Abrí la refrigeradora y sólo había
mantequilla, algunos vegetales y un generoso trozo de chorizo; en la
despensa, papas, cebolla y ajos. Recordé un plato que me enseñó a
preparar Marci –así lo llamo yo, Marci– mientras me contaba la
historia de aquel plato, una historia en la que figuraba un pueblo
apartado, tardes tranquilas y una anciana. Una historia tan bonita que
dudo mucho que no fuera real. ¡Vaya! El plato lleva filetes de
ternera, en su lugar pondré chorizo.
Vapor y borbollones. Introduje el chorizo y las papas. Y ahora, en mi
mente, la historia de Marci, se transformaba en la mía propia. También
tardes tranquilas, pero en el centro de la ciudad, y ni siquiera una
anciana, sino soledad. Espeluznantemente como ahora. El olor que se
esparcía con el vapor, transformaban en recuerdos el ambiente, y tan
parecidos estos momentos y otrora, que se confundían el pasado con el
presente.
Estaba preparando ya no el plato de Marci, sino el mío: sopa de
chorizo. Como hace un par de años que parecen ser ahora. Solo,
solísimo. Con un sentimiento acogedor que invade la casa, y la sopa de
chorizo, humeante, lista en el plato.
Ahora tengo hambre de dar, quiero decir, de compartir. Anhelaba tanto
compartir ese instante, quería que alguien pruebe mi potaje y me
dijera lo rico que estaba, quería hablar te tantas cosas y callar
muchas otras… con alguien.
Quiero alguien que juegue conmigo, pero que nunca olvide que todo se
trata de un juego.
Y me dormí con los ojos abiertos.
-Sandra G.